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Qué es el aceite de oliva virgen extra

«Virgen extra» se ha usado tanto en el marketing que ha terminado sonando a etiqueta comercial, a un «premium» más. Y sin embargo es justo lo contrario: es la máxima categoría legal del aceite de oliva, con criterios estrictos detrás. Entender qué significa de verdad ayuda a no pagar de más —y a reconocer lo bueno cuando aparece—.

Zumo de aceituna, sin más

El virgen extra se obtiene exclusivamente por procedimientos mecánicos —moler, batir, separar—, sin refinar y sin mezclas con otros aceites. No interviene ningún disolvente ni proceso químico. Por eso se dice, con razón, que es literalmente el zumo del fruto del olivo. Un «aceite de oliva» a secas, en cambio, suele ser una mezcla que incluye aceite refinado.

Los dos filtros que tiene que pasar

Para llevar el nombre «virgen extra», un aceite debe superar dos exámenes. El primero es químico: la acidez no puede superar el 0,8 %, junto a otros parámetros de laboratorio. El segundo es sensorial: un panel de catadores oficial lo prueba y debe encontrar frutado y, sobre todo, ningún defecto. Aquí está lo exigente del asunto: basta un solo defecto perceptible —un aceite avinagrado, con olor a humedad, a borras— para que pierda la categoría, por muy bien que dé la analítica.

Cómo reconocerlo

En la etiqueta tiene que poner, exactamente, «aceite de oliva virgen extra». Y en boca se reconoce por algo que a veces despista a quien no está acostumbrado: el amargor y el picante. Lejos de ser defectos, son atributos positivos, señal de una aceituna fresca y rica en polifenoles. Un aceite que solo sabe «suave» y a poco quizá sea cómodo, pero probablemente también sea viejo o de poca personalidad.

Por qué cuesta más

Llegar a virgen extra exige fruto sano, recolección cuidada, rapidez hasta el molino y control en cada paso. Nada de eso es gratis ni automático, y por eso no todo el aceite lo consigue. Cómo lo elaboramos en Batea, Terra Alta.

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