Hay una idea muy extendida que conviene desmontar: la de reservar el buen aceite «para las ocasiones» y cocinar con uno cualquiera. Un virgen extra da lo mejor de sí cuando se usa, y se usa de muchas más formas de las que solemos pensar. Repasamos las principales.
En crudo, donde más se nota
Es su mejor escenario. Sobre una tostada, unas verduras asadas, un pescado al horno, una crema o un queso fresco, el aceite entra sin cocinarse y se aprecia entero: su frutado, su amargor, su picante. Un buen virgen extra en crudo deja de ser un condimento y pasa a ser un ingrediente más del plato.
Para aliñar
Ensaladas, legumbres, gazpachos. Aquí vale la pena pensar el perfil: un frutado intenso, con carácter, levanta unas verduras amargas o un plato de cuchara; uno más suave y dulce respeta los sabores delicados sin taparlos. No es lo mismo aliñar un tomate que una ensalada de frutas, y el aceite puede acompañar esa diferencia.
Para cocinar y freír
Aquí está el malentendido más común. El virgen extra aguanta el calor mejor de lo que se cree: sus grasas monoinsaturadas y sus antioxidantes naturales lo hacen estable a temperaturas de fritura. No hace falta esconderlo para las ocasiones ni recurrir a un aceite «de peor calidad» para el día a día. Cocinar con un buen aceite no es un derroche; es, sencillamente, cocinar mejor.
Para terminar un plato
El gesto más sencillo y el más eficaz: un hilo de aceite en crudo justo antes de servir, sobre un arroz, una carne, una sopa. Añade aroma, brillo y un punto final que muchas veces es lo que separa una receta correcta de una que se recuerda.
Elige según la variedad
Cada monovarietal pide un uso distinto, y ahí está parte de la gracia. Ver la colección y elegir por perfil.